La repetición repetida, esto es, el mismo tema – su mímica adulterada, realmente – reiterado una y otra vez, termina por implantar una falsa seguridad de conocimiento sobre el asunto en quienes se encuentran en el extremo receptor de la ecuación (des)comunicativa.
Ello se transforma en un ruido que no permite oír nada más. Ni a los propios valores e intereses. La redundancia usurpa el lugar de la argumentación, de los hechos, las pruebas y la razón. Es, se pretende, “verdad” por el mero acto de su pronunciación y por el falaz consenso que simula la propia insistencia.
Parafraseando a Alexandra Horowitz (On Looking: Eleven Walks with Expert Eyes), cada vez que la audiencia, dirigida por el periodista, por el medio, se detiene en ese abordaje desvirtuado de un asunto, se pierde el resto; es decir, casi todo: no sólo sobre la generalidad del asunto de que se trate, sino sobre todo aquello que acontece en el mundo y en el entorno más inmediato de la audiencia. Y es que, necesariamente, todo ello es desplazado al sombrío margen de una cuasi inexistencia para que el tema elegido sea, precisamente, central.
Póngase por ejemplo la hiperbólica y tantas veces corrompida cobertura sobre el conflicto árabe-israelí, que desplaza ya no sólo de las portadas, sino del contenido noticioso en general, de “la conversación”, como suele decirse, hechos de suma relevancia como los que ocurren en, o tienen por actores a Sudán, Siria, China, Turquía, Rusia, Catar, República Islámica de Irán, entre otros. Todo enterrado en el silencio sonoro de la obsesión con un único estado.
Todo recubierto con la ignorancia que se finge entendimiento, sapiencia y, acaso sobre todo, de moral (en mayestático y con brillantina). Términos como “genocidio” degradados a mero eslogan propagandístico. A insulto de patio de red social, de la ONU. Porque, para que las acciones de Israel se encuadren dentro de esta categoría, digamos, jurídica, este concepto debe ser modificado – tal era es llamado de Amnistía Internacional o del gobierno irlandés, entre otros. Es decir, aplicar un cambio de normativa (una deformación), de manera de deslizar lo legal a lo “moral”, a la sensibilidad gastrointestinal, en definitiva, transformando el concepto en instrumento para la justificación, con halo de justicia, de una iniquidad.
Cuando se pretende hacer pasar la desinformación, la mentira, la falsificación, la censura, como conocimiento y moral, no queda otra que llevarlo todo a ese nivel raso donde esta metodología funciona: cosquilleando las emociones más básicas, las pulsiones violentas cobardes (y las otras, las que terminan por conducir a la acción, también).
La atención, después de todo, decía Horowitz, es un discriminador intencional que, preguntándose qué es relevante en un momento dado, prepara al sujeto para fijarse sólo en eso. El constante reclamo de los medios desde sus sitios web y redes sociales, de sus ‘profesionales’ a través de sus cuentas personales; sumado al de personajes farandulescos de inclinación “intelectual-comprometida”; y a los seguidores, que amplifican el mensaje, su “validación” en el artificioso “consenso” y apuntalan la posición del “periodista” u opinador de turno como “guía moral”.
Por cierto, ¿hasta qué punto es realmente ‘personal’ la cuenta de una persona que debe, en buena medida, su notoriedad a su vinculación laboral con ciertos medios de comunicación o al ejercicio de ciertas actividades que le otorgan su estatus – y estas últimas, no siempre ligadas con el tema tratado?
Después de todo, es vital distinguir entre “experto” y “autoridad”, como recodaba Carl Sagan (El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad). Quien añadía que los llamados “argumentos desde la autoridad” exigen la confianza meramente desde un título o posición. Los expertos, en cambio, se supone que han pasado buena parte de su vida estudiando sobre el tema que se trate. Estudiando…
Por cierto, ¿hasta qué punto es realmente ‘personal’ la cuenta de una persona que debe, en buena medida, su notoriedad a su vinculación laboral con ciertos medios de comunicación o al ejercicio de ciertas actividades que le otorgan su estatus – y estas últimas, no siempre ligadas con el tema tratado?
Después de todo, es vital distinguir entre “experto” y “autoridad”, como recodaba Carl Sagan (El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad). Quien añadía que los llamados “argumentos desde la autoridad” exigen la confianza meramente desde un título o posición. Los expertos, en cambio, se supone que han pasado buena parte de su vida estudiando sobre el tema que se trate. Estudiando, ojo.
Pero, volviendo al sonoro aturdimiento, dice el tan citado dicho, que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Aplicado a la jurisdicción noticiosa, podría decirse que no hay peor manipulado que el que quiere ser manipulado. Porque es más fácil dejar de ver las evidencias y flotar en los propios sesgos o prejuicios, que indagar más allá de la superficie tantas veces interesada que presentan muchos medios de comunicación, que establecer relaciones entre hechos para producir un razonamiento, y que ser la voz disonante entre el coro de docilidades. A saber, es más fácil convertirse en un número más para quienes andan buscando “consensos” confirmadores.
En lo que a Israel respecta, puesto que el conflicto es relevante en tanto y en cuanto es el Estado judío uno de sus actores – los palestinos en el Líbano o Siria no han importado cuando debieron haber sido noticia por razones ajenas al mencionado estado -, buena parte de la cobertura en español parece buscar lo diametralmente opuesto de su labor informativa: desvincular a los lectores de sí mismos, de su capacidad o, antes bien, voluntad de razonamiento; desconectarlos a unos de otros – el único nexo posible restringido a las emociones biliares producidas a partir de la ‘cobertura’; y, sí, proporcionarle a una fracción de la audiencia, voluntaria o inconscientemente, la excusa para la compartir pública y ‘legítimamente’ sus prejuicios más rancios.
La ‘información’, así convertida en ruido, no es otra cosa que desinformación, fake news. Y eso, dicen, es el periodismo en cinemascope. Luego, cuando el descreimiento en la información, cuando el sesgo partidista y la división social crezcan en casa, cuando los odios paseen tan cerca, que casi puedan tocarse, se interrogarán (siendo muy generosos): ¿cómo se ha llegado a esto? Tienen toda una hemeroteca para encontrar la responsabilidad de tantos medios de comunicación, de tantos ‘profesionales’, ‘expertos’ e infladores del ‘consenso’ escueto. Quizás, con suerte, puedan ver el día en que empezó. Por lo pronto, por aquí apostamos a que, con un altísimo grado de probabilidad, en esa crónica aparecerá, denostado, el nombre Israel.